miércoles, 1 de mayo de 2019
Imperdonable
Y ese chaval, castigó fumigando con la mirada a ese pobre de la calle que fue testigo de que te maltratara.
2018
domingo, 14 de abril de 2019
Diario de un rana
“Las ranas se alejaran de ti y de tus casas, de tus servidores y de tu pueblo, y no quedaran más que en el río”. Ex 8.7.
Estaba siendo una mañana extraña. Yo en el sofá, con mi familia... Para mi sorpresa sonó el teléfono, estábamos esperando la llamada del Ramón y Cajal, pero no eran ellos sino mi madre.
“Cariño, es mi padre ha llamao... desde el hospital, y me ha dicho que mi madre ha... ha... fallecido”. Fue todo lo que escuché entre sus titubeos.
Mi padre empezó a llorar, pero no tardo en recomponerse.
—Cálmate, piensa que ahora ya no sufre. ¿Qué estás en Canillas? Espérame en la glorieta de Mar de Cristal y cogemos juntos el 125. Así te hago compañía.
Colgó el teléfono.
—Rocío, Enrique. La abuela.....
—¡Noooo, jodeeer, no puede ser, no puede ser, no puede ser!
Mi hermana se tiraba del pelo como una loca y pegaba puñetazos al puz, a la mesa de cristal y a todo lo que no se moviese.
—No sabeís cuánto.... he rezado para que Dios se acordase de ella.
Yo siempre tan impertinente dije con mi voz de mesías relajado.
—No te equivoques papá, Dios, tal vez, le pusiera el parkinson, pero quien se ha acordao de ella ha sido Satán, el ángel que se rebeló contra Él.
—Gilipollas, cállate, la abuela no está en el infierno— me regañó mi dulce hermana.
Claro que no, hermana. Su cuerpo está bajo tierra y su recuerdo repartio en las mentes de todos sus familiares, pensé pa mí.
Rocio salió del salón dando un portazo.
Yo me puse frente a mi padre, y con las pocas lágrimas que saqué en ese momento le dije:
—Papá yo hasta que no se denuncie a los bata blancas por posible negligencia no me voy a quedar tranquilo.
Él me abrazó. Creería que lo necesitaba.
—Nombra a Satán otra vez y verás —me susurro al oído, como en las películas.
—Cuando quien te esperas no hace lo que hay que hacer, y sí, hablo de nuestro Señor Jesucristo, otros cogen el relevo. Y si Lucifer, el ojo derecho, en su día, de Dios le llevo la contraria fue por algo que no le gustó.
Un tío, que habría visto dos veces de pequeño, vino a recogernos, así que nos pusimos “decentes” y bajamos puntuales como nuestro padre nos enseñó.
En verdad ni creía en velatorios ni funerales ni cementerios, pero ya que al hospital no había ido y llovía, decidí no escaparme con la bici como haría en cualquier otro caso.
Bajé las escaleras con mi hermana, que ya hablaba sola: “Tendría que haber estao más con ella, apenas la hice caso”. Así una, y otra, y otra vez. Vivíamos en un octavo.
Cuando salimos del portal, el tío de mi madre nos esperaba. Nos preguntó: “¿Que tal? Nos dijo: “Estáis mu grandes”, y nos abrazó. Sería el primer abrazo de un desconocio de esa noche. Menos mal que son abrazos de muerte en muerte.
Cuando llegamos al velatorio, nada más bajarnos, nos esperaban dos de mis primos, vestidos muy “decentes”.
—Hace mucho tiempo que no la veis. ¿Me equivoco?
—¿Cuanto tiempo habéis pasado con ella? Viva, me refiero. —Le respondí.
Durante toda la noche, Rocío no dejó de mirarme. Papá y mamá nos habían recomendado que si queríamos no viésemos el cuerpo de la abuela, que nos quedásemos atrás. Así que a diferencia de los demás tuvimos que entretenernos de otra manera. Yo me fijé en otro “cuerpo”. Una prima que tendría tres años menos que yo, o sea catorce, como mi hermana. Sabía que aquello no se consideraría correcto, pero nunca antes había hecho algo correcto, así que decidí lanzarme.
—Claudia, ¿Verdad?
—Y tú Enrique ¿no?
Estuvimos con las típicas preguntas de dos personas que acaban de conocerse. Yo estaba ya muy nervioso, la verdad.
Me imagino que debió ser durante ese tiempo cuando Rocío, mi dulce y amada hermana, aprovechó que no la estaba mirando para echar unos huesecillos de ancas de rana —o eso me dirían los maderos al día siguiente— en un vasito de menta poleo.
No era de mucha infusión, pero casi todos bebían ese agua manchada, y no, no fue por ser como los demás, ya ves, solo que a esas alturas me ardían los ojos, me sudaban las manos e iba hasta el culo de ansiedad, así que no podía ni pensar siquiera.
Así decidí coger el vaso que tenía más cerca y beber. Sentí como si varias agujas se incasen dentro de mi garganta...
2018
Estaba siendo una mañana extraña. Yo en el sofá, con mi familia... Para mi sorpresa sonó el teléfono, estábamos esperando la llamada del Ramón y Cajal, pero no eran ellos sino mi madre.
“Cariño, es mi padre ha llamao... desde el hospital, y me ha dicho que mi madre ha... ha... fallecido”. Fue todo lo que escuché entre sus titubeos.
Mi padre empezó a llorar, pero no tardo en recomponerse.
—Cálmate, piensa que ahora ya no sufre. ¿Qué estás en Canillas? Espérame en la glorieta de Mar de Cristal y cogemos juntos el 125. Así te hago compañía.
Colgó el teléfono.
—Rocío, Enrique. La abuela.....
—¡Noooo, jodeeer, no puede ser, no puede ser, no puede ser!
Mi hermana se tiraba del pelo como una loca y pegaba puñetazos al puz, a la mesa de cristal y a todo lo que no se moviese.
—No sabeís cuánto.... he rezado para que Dios se acordase de ella.
Yo siempre tan impertinente dije con mi voz de mesías relajado.
—No te equivoques papá, Dios, tal vez, le pusiera el parkinson, pero quien se ha acordao de ella ha sido Satán, el ángel que se rebeló contra Él.
—Gilipollas, cállate, la abuela no está en el infierno— me regañó mi dulce hermana.
Claro que no, hermana. Su cuerpo está bajo tierra y su recuerdo repartio en las mentes de todos sus familiares, pensé pa mí.
Rocio salió del salón dando un portazo.
Yo me puse frente a mi padre, y con las pocas lágrimas que saqué en ese momento le dije:
—Papá yo hasta que no se denuncie a los bata blancas por posible negligencia no me voy a quedar tranquilo.
Él me abrazó. Creería que lo necesitaba.
—Nombra a Satán otra vez y verás —me susurro al oído, como en las películas.
—Cuando quien te esperas no hace lo que hay que hacer, y sí, hablo de nuestro Señor Jesucristo, otros cogen el relevo. Y si Lucifer, el ojo derecho, en su día, de Dios le llevo la contraria fue por algo que no le gustó.
Un tío, que habría visto dos veces de pequeño, vino a recogernos, así que nos pusimos “decentes” y bajamos puntuales como nuestro padre nos enseñó.
En verdad ni creía en velatorios ni funerales ni cementerios, pero ya que al hospital no había ido y llovía, decidí no escaparme con la bici como haría en cualquier otro caso.
Bajé las escaleras con mi hermana, que ya hablaba sola: “Tendría que haber estao más con ella, apenas la hice caso”. Así una, y otra, y otra vez. Vivíamos en un octavo.
Cuando salimos del portal, el tío de mi madre nos esperaba. Nos preguntó: “¿Que tal? Nos dijo: “Estáis mu grandes”, y nos abrazó. Sería el primer abrazo de un desconocio de esa noche. Menos mal que son abrazos de muerte en muerte.
Cuando llegamos al velatorio, nada más bajarnos, nos esperaban dos de mis primos, vestidos muy “decentes”.
—Hace mucho tiempo que no la veis. ¿Me equivoco?
—¿Cuanto tiempo habéis pasado con ella? Viva, me refiero. —Le respondí.
Durante toda la noche, Rocío no dejó de mirarme. Papá y mamá nos habían recomendado que si queríamos no viésemos el cuerpo de la abuela, que nos quedásemos atrás. Así que a diferencia de los demás tuvimos que entretenernos de otra manera. Yo me fijé en otro “cuerpo”. Una prima que tendría tres años menos que yo, o sea catorce, como mi hermana. Sabía que aquello no se consideraría correcto, pero nunca antes había hecho algo correcto, así que decidí lanzarme.
—Claudia, ¿Verdad?
—Y tú Enrique ¿no?
Estuvimos con las típicas preguntas de dos personas que acaban de conocerse. Yo estaba ya muy nervioso, la verdad.
Me imagino que debió ser durante ese tiempo cuando Rocío, mi dulce y amada hermana, aprovechó que no la estaba mirando para echar unos huesecillos de ancas de rana —o eso me dirían los maderos al día siguiente— en un vasito de menta poleo.
No era de mucha infusión, pero casi todos bebían ese agua manchada, y no, no fue por ser como los demás, ya ves, solo que a esas alturas me ardían los ojos, me sudaban las manos e iba hasta el culo de ansiedad, así que no podía ni pensar siquiera.
Así decidí coger el vaso que tenía más cerca y beber. Sentí como si varias agujas se incasen dentro de mi garganta...
2018
martes, 19 de marzo de 2019
martes, 5 de marzo de 2019
Agua
Con calma salgo a la terraza, y mi puño se vuelve loco. Lo voy oscilando, y estampando a todos los cristales. La sangre se limpia por la lluvia al estirar el brazo por la ventana. Gotea a la terraza del vecino de abajo. Pienso que más estampado de pintura roja no se va a notar. Grito su nombre y al poco se asoma la mujer. Se caga en la Virgen, y se mete corriendo llamando al marido. Sale este y maldice a Dios, y a paso estresante, se mete dentro llamando a la hija. La chica sale y se mete con la tercer persona de la Santísima trinidad. Ya han visto todos suficiente para creer.
El teléfono de los de abajo se escucha entre los prácticos techos de gotelé. Suena la marcación 091, y un: “Gilipollas, así no vas a conseguir nada”El padre sube, tira mi puerta y plaff.
***
Con esta agua de mayo, ni me quitan el sayo, ni los sabañones, ni la bala en la pierna que tengo desde hace días, supongo. El agua de Madrid que sale del grifo es mi única compañera. Paso los días durmiendo y las noches con velas de igual forma. Solo me levanto del suelo para hacer aguas menores. Me muevo libre por el habitáculo, sabiendo que no lo estoy y eso me aterroriza. No se cuánto tiempo podré aguantar más. Ese cabrón me vuelve loco. Se me hace la boca agua solo de pensar en ese machirulo.
2018
Semáforo
Voy caminando de pie
sobre mis dos piernas. Un pie toca el suelo, acompañado del compás
cuatro por cuatro del siguiente. Miro al suelo y para adelante. Al
suelo y para adelante. No quiero chocarme contra las personas, ni
tampoco con lo que pueda encontrarme en el suelo. Llego a un paso de
cebra, y el semáforo está verde parpadeante. ¿Cruzo o no cruzo? no
había andado por el arcén en Google Maps para encontrarme con este
contratiempo. Decido pasar. A mitad entre una orilla y la otra se
pone en rojo. Me paro un par de segundos en mitad del paso de
peatones. La gente me mira como si fuese la cebra del paso, y
careciese de rayas. ¿A qué cera vuelvo? Decido arriesgarme pese a
todo, y llegar al otro lado. Los conductores me acosan con sus
miradas y ametrallan con el claxon mis sensibles tímpanos. Los
coches se me van a echar encima con su música estruendosa. Con sus
ojos blancos me deslumbran y... He llegado.
2018
2018
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